Aprendizaje

texto de Raúl Leiva
dibujo de Miguel Ferreiros

De joven era un virtuoso. Sus ojos contaban historias y sus dedos agitaban melodías inimaginables de la guitarra. La música era su elemento y no existían elogios posibles para su arte.
Entraba en una habitación y el silencio se abalanzaba como una sombra sobre los presentes, recorría su público y derramaba su talento marcando la cancha a fuego.
Se retiraba dejando las masas delirando los versos más sentidos jamás tocados.
En el silencio de su habitación , se encontraba con su verdadero ser.
Retraído, esquivo y alejado de toda suerte, permanecía más tiempo en cama que en otra parte. Hacía fuerza para acordarse de las letras, arrojaba pesados libros contra la pared que se hacían pedazos. Bastaba con poner una mano en la guitarra para que sus musas bajen de golpe y sin pedir permiso se adueñaban de su lado salvaje para volverlo arte e inspiración. Ahí regresaba el ángel de la improvisación y el vuelo deshojado.
Buscaba sin cesar el equilibrio entre las dos bestias interiores para poder encontrar la paz.
Consultó a sus amigos, a sus colegas.
Trató de componer una canción donde quede de manifiesto su delicado equilibrio aunque sea para escucharse y confundirse entre el público , con la esperanza que su propia magia lo alcance.
Pero de la misma manera que es imposible hacerse cosquillas, tampoco es posible engañarse a sabiendas.
Una tarde en su habitación bajó un extraño ángel vestido de blanco, alto como ninguno, solemne, con aires de saber más que los otros que lo visitaban en los afiebrados sueños del compositor. La presencia lo miró detenidamente, buscó en sus ojos la punta del ovillo por donde se iba a poner la vida en orden. Escudriñó cada cicatriz, cada vello del bigote. Se paró y se alejó inmediatamente sin previo aviso.
El guitarrista se levantó pesadamente para seguirlo y tropezó con un pequeño pedazo de madera que tenía varias hojas abrochadas. ¿Una nueva canción? ¿Una respuesta? ¿Un nombre? Pensó torpemente mientras sus huesudos dedos buscaban los anteojos.
Se acercó a la débil luz del velador y alcanzó a leer una sola palabra: Psicótico.

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