Mar de fueguitos.

De Raúl Leiva

Hace veinte años, exactamente, me bajaba del colectivo en el centro para encontrarme con una chica que estudiaba teatro conmigo. No tenía claro qué hacía yo allí. Es decir, quería encontrarme con esta chica pero no sabía bien de qué hablar o qué esperar del encuentro. Avanzaba por la calle a la hora pico mirando la muchedumbre como esas imágenes fuera de foco de las películas donde quieren retratar el ritmo urbano. Del montón de gente, una cara se abrió un lugar entre los desenfocados para saludarme con la mano izquierda, lo recuerdo como si fuera recién. Supe que no había vuelta atrás.
Nos saludamos con un beso rápido y entramos al bar. La previa de la charla fue una especie de sobremesa del saludo. Ella pidió un cortado en jarrita y yo, más por acto reflejo que por genuina elección, dije “para mí también”. Hablamos liviano y de terceros, de temas vagos y sin muchas emociones, por suerte para mí que tenía los nervios a punto caramelo. Cuando nos aflojamos y relajamos la conversación, ella hizo una especie de pausa , buscó en su mochila un libro y lo sacó. Conocí la tapa con solo ver un cuarto de la misma y lo abrió en una página señalada con una cinta de cartulina roja. “Te voy a leer algo que me hizo acordar a vos” me dijo y empezó a leer Mar de fueguitos, de Eduardo Galeano.
Juro que me puse a mirarle los labios, la nariz, los párpados caídos mientras sus pupilas recorrían las palabras que nunca escucharía en esa mesa. Al texto lo sabía de memoria, tenía ese mismo libro en mi departamento y hasta podía calcular cuando iba a terminar de leerlo, pero el final del relato me sorprendió clavado en sus ojos. Me perdí para siempre en esa mirada. No supe cuanto estuvimos mirándonos en silencio. La charla siguió y cada uno después de pagar se fue por su lado, a seguir con su vida.
Hoy, veinte años después , ambos libros (El libro de los abrazos de Eduardo Galeano) descansan en la biblioteca del living. La chica de ese entonces, duerme en la cama del dormitorio de casa. En un rato voy a encontrarme con ella. El mar de fueguitos es esa imagen que tiene Galeano del mundo, que cada uno brilla con un fuego propio, distintos pero todos juntos y vivos.
Ella no tiene Facebook y estamos cumpliendo veinte años del encuentro que nos cambió la vida, veinte años de encender un fueguito que nos empecinamos en defender contra viento y marea, en tiempos buenos y tiempos malos, cuando todo dejaba de tener sentido, volvíamos a esa imagen, de la chica leyendo con la mochila en la falda, y el joven extraviado dejando que las palabras se conviertan en música, que es entonces cuando lo importante y lo urgente se ponen en pausa para dejar salir a jugar al amor, aunque sea un rato, hasta que la rutina lo llame a cenar y a dormir, que mañana tiene que ir a la escuela.

Para Lau.

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