Historia de ciudad a las 18:00

De Raúl Leiva

Iba por la calle esta tarde, un hombre en un ciclomotor con un niño pequeño sentado a sus espaldas. El pequeño iba casi durmiéndose y el hombre con la mano libre lo iba sosteniendo. Esto sucedía a la vista de todos los conductores que le tocaban bocina y le hacían gestos reprobando su actitud insegura. El hombre sólo podía encoger el único hombro libre y miraba con un gesto incierto y cansado.
Un auto se le puso a la par y amablemente le dijo que por favor se detenga para encontrarle una solución al potencial desastre. Ambos conductores pararon y el automovilista le ofreció llevar al niño a donde le indicase, que si bien se iba a desviar de su trayecto, prefería evitar una tragedia y explicar una tardanza. El motociclista se mostró bastante desconfiado y retraído con la propuesta. Contó que se había separado hacía poco y que no le quedaba otra que llevar a su hijo al trabajo ya que no tenía con quién dejarlo. El hombre del auto le explicó de nuevo que para él, era más fácil seguir derecho como todos los demás, que si de verdad desconfiaba le daba su documento de identidad y se ofrecía a escoltarlo a donde sea que viva. Finalmente, a regañadientes y escuchando a un pequeño grupo que se convocó a raiz de este hecho, el motociclista aceptó. Subió al pequeño al asiento trasero del auto y tomó el documento del automovilista para guardarlo en el bolsillo de su camisa.
Comenzaron a circular por la avenida, calle a calle, hasta salir del radio céntrico. Cuando iban por una calle oscura, el automovilista giró violentamente para luego desaparecer a toda velocidad. El motociclista tardó en reaccionar y giró sobre sí mismo pero en vano fueron sus intentos de alcanzar siquiera a ver por donde se fue el automóvil con el pequeño. No había testigos ni cámaras que le sirvan para determinar el paradero del menor. Una tremenda angustia comenzó a crecer como un virus en su pecho.
Lejos de allí, el automovilista miraba de reojo al adormecido niño. Sacó su celular y llamó a alguien. Comentó que ya tenía con qué empezar a negociar, se sentía satisfecho. Le contó a su interlocutor que debería dar de baja al documento de identidad falso con el que se movía, ya que lo había extraviado. Los proxenetas son muy prolijos en su tarea y no se podían dejar cabos sueltos. Todo el mundo había visto la actitud insegura de este hombre y lo más probable era que el niño se hubiera accidentado en la ruta. Nadie lo iba a reclamar.
El motociclista condujo lento hasta la parroquia del barrio. Era casi de noche. El sacerdote le abrió una minúscula puerta por donde explicó: “Mire Padre, ya sé que habíamos quedado que hoy le traía al pibito ese que me marcó usted, hasta tardé un montón porque no le hacían efecto las pastillas que le di con la cocacola. Cuando se estaba durmiendo lo subí a la moto y un chabón me lo garcó. Me dió el documento, si por ahí se puede llegar a colocar por lo menos salvamos la tarde, pero del pibe olvídese. No sé si hubiera estado bueno que el tipo venga hasta acá, si llegaba a hacer muchas preguntas lo bajábamos ¿no?”
El sacerdote miró sobre el hombre, lo miró a los ojos, le sacó el documento de las manos y cerró la puerta con un golpe.
El motociclista estaba por gritar algo, pero guardó silencio y se fue por donde vino. Del niño nunca se supo más. Tampoco de la mujer que lo dejó abandonado en la plaza hubo novedades. Es rara mi ciudad. Tantos ojos pero nadie ve nada.

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