Libre

De Nico Bonder en la semana del tema libre
El hombre corría y sentía la brisa sobre la cara, ya podía ver rendijas de libertad, sonreía sin darse cuenta. Primero tuvo que dejar su cama sin ser percibido. Lo hizo de forma sigilosa, se arrastró hacia el borde y se dejó caer hacia el suelo. Avanzó cuerpo a tierra hasta la puerta donde, precavidamente, había dejado un papel en el pestillo para que no se trabara. Tiró y se abrió. La puerta chirrió suavemente, aunque para él fue un sonido estruendoso, contuvo la respiración y trató de percibir si alguien había escuchado aquel ruido. Después de unos segundos se tranquilizó y siguió moviéndose como un gusano. Una vez afuera del primer escollo, se puso de pie y atravesó un pasillo en penumbras, pero lo conocía de memoria después de tantos años de transitarlo, así que no le significó ninguna dificultad. Sus pasos hacían un eco profundo que le ponía la piel de gallina, aunque sospechaba que solo lo escuchaba él.
Un par de horas antes había encontrado la copia de la llave que permanecía oculta desde el último intento de fuga, eso fue lo que precipitó los hechos, tenía que ser ese día. No podía ir por el portón principal, era una zona demasiado abierta e iluminada. Debería intentar hacerlo por detrás, el principal peligro eran los perros, pero ya tenía el antídoto para ese problema. Sospechaba que los habían comprado a propósito después de su última fuga. Se acercó a la puerta, giró media vuelta y el clac metálico lo dejó congelado, esperó más de un minuto antes de dar la otra media vuelta. Volvió a esperar unos segundos antes de bajar el picaporte. Se sintió afortunado por no haber sido visto por nadie hasta allí. Respiró hondo, empujó la puerta y antes que los perros ladraran tiró los trozos de carne dura que había guardado en los bolsillos durante la última cena, apuntó a diferentes direcciones para entretenerlos más tiempo. Respiró hondo y comenzó a correr, dio un salto y trepó el muro. Lamentándose por su mal estado físico, llegar a la cima le costó más de lo que había calculado. Estaba transpirando cuando logró pararse en el tope del muro, se descolgó del otro lado y saltó. Acababa de terminar la primera etapa de su nuevo escape, la que siempre era la más difícil. Estaba algo cansado pero tenía las fuerzas necesarias para correr. Había pocas luces y eso lo beneficiaba, sabía en qué esquinas debía doblar para no llamar demasiado la atención. Después de varios giros llegó a la recta final, desaceleró el paso para no levantar sospechas, acomodó su ropa y secó la transpiración de la frente con el puño de la remera.
Caminó tratando de controlar la respiración agitada y cuando iba a darle una excusa al guardia del country, este lo interrumpió: – Dice su esposa que esta vez no se moleste en volver.

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