LADO B

Por Despeinada

– No sé Emilia, me parece muy mala idea

-Yo sé lo que te digo, Eva, no creo que podamos estar peor.

-Pero, entrar a un convento… ¿Sólo para no pasar hambre?. Dime loca pero me suena a cárcel.

-Vienes de América, jamás has pasado un invierno en Francia, si al menos estuviéramos en París, pero eres necia. Si no encontramos alojamiento en invierno, nos encontrarán muertas de frío. El hambre es lo de menos. Y si no morimos, seguro enfermamos.

– Siempre podemos buscar compañía masculina

-¿A nuestra edad? ¿Con éstos harapos?. Vamos Eva, no seas terca.

-Es que, de donde vengo, todo lo que es religioso es golpes, órdenes, ayunos y rezos.

-De donde vengo, lo vi en persona, un tal Bosco tiene un sitio para jóvenes… algunos ellos salieron de la cárcel, y los tratan con mucha paciencia y cariño. Piensan que si tratas bien a un niño, éste al crecer, será un hombre de bien sin lugar a dudas.

-Y por qué no nos vamos allá.

-Porque sólo aceptan hombres, cabeza dura. ¿Crees que estoy a gusto en éste pueblucho Francés? Mi madre era Italiana, me trataba como la trataron a ella, a golpes y a gritos. Cuando nos quedamos en la calle, toda la familia se fue a Argentina, excepto yo, claro. Si se trataba de mudarse a donde hablen otro idioma, prefiero el Francés. Anda Eva…. di que sí.

-Imagina que entramos, nos aceptan… ¿Y luego… qué? ¿Ser buena y obediente por el resto de tus días?.

-Una vez adentro, con la tripa llena y los pies secos, hacemos lo que nos venga en gana. Nos van a tratar bien, ya lo verás… no son llamadas Hijas del Corazón de María o algo así. No suena a cosa mala.

Emilia convenció a Eva, y el par de muchachas se sumaron a la Congregación del Santo Corazón de María en Aubazine, Corrèze. La intuición de Eva se acercaba más a la realidad que la experiencia de Emilia. La disciplina dentro de los muros del monasterio era poco más que militarizada. Muchos odios y rencores pululaban el ambiente, que envileció un poco más el espíritu de Eva, quien no había nacido con buena estrella. Su madre a diario le repetía el estribillo: “Te puse Eva como la primer pecadora del mundo, seguro pecarás igual que ella“. Hija natural a mediados del siglo XIX, en México, no tenía bastantes oportunidades. Un viejo Francés que regresaba a su patria después de perderlo todo en América, la convenció de irse con él. La tuvo en su casa hasta que se hartó de ella y la dejó a su suerte. Eva ya no esperaba que nadie la tratase bien. El cúmulo de experiencias estaban en su alma, y la vida en el Orfanato sólo sirvió para avinagrarlo todo….

Se dedicó a destilar todo su veneno en la cabeza de las niñas que abandonaban ahí. Las preparaba para la vida que tendrían al salir. Les arrancaba la esperanza desde raíz para que no pudieran sentirse mal cuando los hombres las intentaran embaucar. El mundo era cruel y si querías sobrevivir, tendías que hacerte cruel lo mismo.

Así brotó una generación de mujeres fuertes, cínicas y sobre todo, resistentes al cariño. De esa generación salió Gabrielle Chanel

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