El Rayo

Por despeinada
Foto: La Maga

Estaba exaltado. Si no fuera porque su pigmentación hacía camuflaje, cualquier persona que lo hubiera visto notaría en rubor en su rostro. Cuando era niño tuvo la suerte, o no, de leer “El Padrino”. Había muchas partes que le encantaban de la historia, pero aquella que lo marcó fue cuando Michel Corleone sucumbió ante “El rayo”. La descripción nada femenina de la sensación, no, del arrebato del enamoramiento, era lo más preciado de ese libro. Con una expectativa enorme esperaba su rayo.Pasó la adolescencia sin que le llegara… y debía ser una cosa extraordinaria, como sacarse la lotería o algo, porque sus amigos tampoco se veían tocados por energía alguna… Se hicieron hombres sin pena ni gloria… los que más se emocionaban hablaban de cosas que cualquier revistucha describía. Secretamente cerraba los ojos por las noches, cuando aún creía en dios, y repetía la fórmula que le funcionaba de niño: porfavorporfavorporfavorporfavorporfavorporfavor dios, que sea yo candidato a “El rayo”… pero Dios no era tan sencillo de quebrar. Y así llego hasta la treintena de años. Entendió que era un cuento, que no era real… que era como cuando los amigos presumían de hacerlo más de una vez al día… pura falacia. Levantó la cabeza…eligió a la menos fea y por fin sentó cabeza. Se dedicó seriamente a formar una familia.

Quiso el destino que a sus 40, el dichoso RAYO llegara de la nada. Ni siquiera lo recordaba, y de repente, la chiquilla esa que seguro ni un cuarto de siglo tenía en la Tierra, entró a su oficina y así, sin más, la vida fue un stop motion. Si alguien le hubiera preguntado hubiera podido jurar que hasta tiempo le dio para contar cada una de sus largas, divinas, altaneras pestañas. Alguna vez tuvo un paro del tiempo, pero fue cuando por un pelo lo atropellaban, era diferente, esa vez se le habían ido los colores del rostro, ahora estaban todos ahí presentes. Ni siquiera se abochornaba de su reacción. Perdió el suelo, el sentido común, la dirección. A partir de ese día, su pensamiento era sólo para ella…

No entendió razones… ¿Cómo podría? ni siquiera las escuchaba. Se veía a sí mismo a lado de esa escultura de mujer. Tenía bastante dinero como para dejarle la mitad a su ex esposa y aún ser atractivo para la nueva. Se desprendió de todo, se consagró a ella. Desde el albor hasta muy entrada la noche, lo que importaba era sólo complacerla… no dejar que esa sonrisa se borrara. Adivinar qué podía hacerla sonreír más. Y terminó descubriendo que por más que empolles un huevo de tierra, éste jamás se romperá con un pollo dentro… Terminó como el ermitaño que abandona su caparazón sin saber si el otro realmente le venía bien. Mal rayo lo partió.

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