Señor juez

Texto: Nico Bonder
Foto: La Maga

Hacía un tiempo que al hombre lo habían despedido de su trabajo. El eufemismo fue que lo apartaban por su propio bienestar y porque querían mejorar los recursos humanos de la profesión con gente más joven. Él sabía que era mentira, pero las denuncias ante las cámaras explotaban con pólvora mojada y sus antecedentes hacían que nadie lo tomara en serio. Ya sin la exposición que tanto amaba, se dedicaba a caminar por la ciudad arrastrando los pies, escuchando un constante murmullo, algunas veces risitas malignas, y otras insultos rencorosos. No todos lo reconocían, pero cada vez que lo hacían, sentía la obligación de agachar la mirada, y eso que él había estado acostumbrado a no claudicar frente a nadie.
Hacía poco que se había instalado en Córdoba, no soportó la presión de seguir viviendo frente a los ojos de Buenos Aires, pero acá tampoco le fue mucho mejor. La gente era un poco menos agresiva, pero las miradas, los mormullos y las risitas seguían ahí, detrás de cada paso que daba.
Salió de su departamento y caminó un par de cuadras, el sol comenzaba a caer, era justo la hora en la que todos comenzaban a hacer ejercicios en aquel invierno que recién empezaba a hacerse notar. Miró los escalones eternos y comenzó a subirlos de a uno, no pudo evitar comparar aquella peregrinación con las que hacía por las escaleras de los vestuarios de las canchas que habían sido su lugar de trabajo hasta que se cansaron de él. Al llegar a la cima de la escalera, miró alrededor, le llamaba la tención la rueda enorme que se veía, pero siempre terminaba concentrándose en la gente. ¿Cómo se puede vivir cuando te matan la pasión? Miraba las parejas caminando de la mano con risas explotando por todos lados, amigos compartiendo rondas de mate, ¿hace cuanto no sentía que un amigo lo apoyara?
Se sentó en un banco, miró el paisaje y palpó la culata que sobresalía por la parte superior del pantalón. Respiró hondo, levantó la remera, tocó el arma y antes de sacarla dudó un segundo. Había demasiada gente, y aunque a él le encantaba dar espectáculo en estadios repletos, no le pareció que aquel fuera un buen show para ser recordado. Acomodó de nuevo la remera, y se prometió que volvería al día siguiente cuando hubiera menos gente. Era cuestión de esperar el mejor momento nomás, la decisión estaba tomada. Al día siguiente sería mejor, además se había olvidado de dejarle la carta a su amigo. Comenzó a bajar la escalera, mientras se secaba una lágrima solitaria que extrañamente había decidido largarse a rodar.

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