Podofilia

Un texto de Nico Bonder

Creo que el asunto fue gradual. Empezó a empeorar de a poco. Por lo que me contaron, descubrió que una nueva pasión despertaba en sus entrañas cuando estando desnudo con unas de sus primeras novias sintió olor a pata y sintió que se le ponía dura, como nunca antes. Ella estaba feliz, pero él no pudo explicarle porque la estaba amando con tanta pasión. Para el encuentro siguiente, antes de ir a la cama la invitó a caminar y anduvieron como una hora, cuando consideró que ya debía haber acumulado suficiente olor, volvieron a su casa. La desnudó empezando por arriba y terminando con las medias, se llevó una a la nariz, la tiró al suelo y se quedó olfateando y lengüeteando los pies flacos y húmedos de ella.
Desde que se le pegó aquel vicio no paraba de mirarle los pies a las mujeres. Le encantaban, especialmente aquellos que iban como desnuditos, mostrando los dedos, pero ojo, no con ojotas, disfrutaba de ver dedos saliendo de zapatos elegantes. Especialmente si tenían las uñas pintadas, el rojo era su color preferido. Más de una vez temió que alguien se diera cuenta que se le había parado en plena calle, y solo por mirar un par de pies.

Luego vino la etapa en la que se excitaba lamiendo zapatos. Al comienzo, por vergüenza a que alguna mujer se horrorizara, compraba zapatos de mujer y los lamía cuando estaba solo en su casa. No era raro que se sentara en su sillón a ver un partido de fútbol, mientras lengüeteaba una bota de cuero. Cuando tomó confianza con el asunto, y pensó que no era tan inusual, trató de hacerlo con zapatos puestos en pies de mujeres. En un comienzo lo hizo con mujeres que lograba conquistar, justo al momento de desnudarlas, como parte del juego previo. Hasta ahí no había ningún problema. La cosa comenzó a complicarse cuando el tema lo superó, y no podía resistirse a chupar un buen zapato en cualquier parte. Así como el fumador compulsivo no aguanta y prende un pucho en lugares donde está prohibido, el licenciado comenzó a tirarse cuerpo a tierra en la calle o en las veredas para agarrar unas sandalias o, cuando llegó al tope del asunto, incluso unas crocs, y las lengüeteaba y luego las sacaba y seguía desparramando saliva por los pies dueños de sus fetiches, sin importar quien era la mujer que arrastraba aquellos pies que se sentían ultrajados por ese desconocido de barba candado y sonrisa de pervertido.
El Señor Hyde de este psicólogo comenzó a estar cada vez más presente. Ya no guardaba escrúpulos de masturbarse en la playa viendo piecitos desnudos quemándose en la arena, o podía pasarse horas en una zapatería viendo desfilar a las jovencitas que se probaban un estileto.
Su ruina se presentó cuando no pudo controlar el monstruo y se abalanzó a los pies de una paciente que lloraba desconsolada por una ruptura amorosa, y sin saber lo que le esperaba se había descalzado para sentirse más cómoda. Al colegio profesional no le quedó más remedio que retirarle la licencia, y el hombre desapareció durante un tiempo.

¿Por qué traigo a colación un tema tan viejo? Es verdad que ya casi nadie se acuerda del caso, pero estoy un poco preocupado, pasa que lo reconocí al licenciado en un negocio nuevo que están por abrir a la vuelta de mi casa. Creo que es un spa con centro de estética, y por lo que averigüé, él es el podólogo del lugar.

 

20171007

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