Aniversario de casados, ausente con aviso

Un cuento de Raúl Leiva, en la semana de los aniversarios

No siento nada, ni la piel ni el esqueleto….solo su mirada ausente de cariños.

Hace 40 años mi perra Pina se me escapó. Según me contaron los vecinos, estaba del otro lado de la avenida y tenía mucho miedo. Fui corriendo y allí estaba, con la cola entre las patas y agachándose cada vez que un auto le pasaba cerca. El ruido de los vehículos era ensordecedor. Los autos de aquel entonces eran muy ruidosos. Grité todo lo que pude, hasta quedar casi afónico. Nadie me ayudaba. A nadie le interesaban los perros ni los niños gritones. En el último grito, Pina me reconoció, levantó la cola y sin más ni más cruzó la avenida. Un auto la pasó por encima y otros se sucedían dejándola hecha carne picada. Seguí gritando pero ahora de bronca y dolor. Me dolía el estómago y la cabeza. Solo escuché una frenada y la cabeza dejó de recordar.

Luego siguió la vida, como siempre sucede. Los estudios, los amores, los desamores y el lento proceso de madurar borraron cada recuerdo feliz para dejarme un par de traumas donde refugiarme cuando todo está turbio.
Finalmente a los 20 años encontré el amor de mi vida y comencé de nuevo.
Los buenos recuerdos comenzaron a fabricarse.
Una nueva perspectivo de mi ser comenzó a dibujar otro mapa.
La llegada de los hijos fue la última palada que sepultó el dolor de los viejos tiempos y el comienzo de la nueva vida.
Cada año fue mejor, cada día una bendición.
Cada anochecer en familia era un ritual que nunca terminaba de agradecer a la providencia.

Hoy , por fin se cumplen las bodas de plata, 25 años de amor verdadero y sueños realizados.
Compré un ramo de flores y un anillo para celebrar con mi mujer.
El regreso a casa estaba bastante trabado y decidí tomar la avenida, por el carril rápido iba a ganar valiosos minutos.
Una congestión sobre el carril derecho obligaba a los automovilistas a hacer maniobras bruscas e inesperadas.
Al pasar por el lugar veo un niño al borde de la vereda tratando de cruzar la calle. Sin dudar un segundo crucé toda la avenida para estacionar como pude sobre la mano contraria.
Bajé corriendo y solo escuché el ruido seco de la carrocería reventándome el cuerpo. No sé cómo caí, ni cuánto estuve en el aire, ni cuanto de mi cuerpo estaba dañado.
Cuando abrí los ojos, el niño me miraba con su cara desfigurada de tanto llorar.
No parecía perdido, ni asustado, solo triste y devastado.
Mi último esfuerzo me alcanzó para ver sus ojos, me seguía mirando. Más allá lo que quedaba de un perro era despedazado por los autos.

No siento nada, ni la piel ni el esqueleto.
No creo que llegue a tiempo para celebrar mi aniversario.
Empiecen sin mí por favor.
Gracias.

 

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