Cada año

 

-Mieeeeeeeeeeeeeerda ¿Ya pasó un año?

Se había levantado temprano, como cada mañana. Lo suyo era automático, a las 6 de la mañana la cabeza enviaba una alerta y los ojos se abrían. Cuando su mujer vivía, era algo bueno, porque era cosa de girar y despertarla con pasión. Pero ya habían pasado muchos años desde que ella se había adelantado en el camino. Ahora se despertaba, y para que el recuerdo no le doliera tanto, se levantaba de inmediato. Siempre había algo qué hacer, y si no, se lo inventaba. Esa mañana al salir de la habitación escuchó mucho movimiento en la calle… eran los encargados de adornar las luminarias para festejar a San Judas Tadeo.

-Justo a mí se me ocurrió comprar casa en la cuadra de la iglesia del santo que acarrea más locos. Si tan solo hubiera escuchado a mi abuela, hubiera sabido que debería vivir al lado de la iglesia de San Antonio de Padua, pero noooo, tenía que ser el patrono de las causas difíciles mi vecino.

Había crecido en un pueblo, y siempre le fastidió que la gente estuviese al pendiente de sus movimientos. De alguna manera misteriosa, su madre siempre se enteraba de lo que había hecho. El pueblo tenía miles de ojos y los chismes le llegaban a su madre antes de que regresara a casa. Se juró a sí mismo que al crecer viviría en una ciudad y sería un ente anónimo. Cumplió su meta y se estableció en el centro de la ciudad, donde ya sólo vivían gente vieja o las casas se habían convertido en negocio. Su mala suerte lo había hecho decidirse por una casa en la misma cuadra de una iglesia grande, razonando que sólo tendría que aguantar a los feligreses de los domingos

-Si hay pasadera de gente, los vecinos no se ocuparán de mí, tendrán suficiente con el movimiento de la calle.

Pero al acercarse el 28 de Octubre, se dio cuenta de su error. El santo más venerado por ser el más milagroso, tenía a la gente más fervorosa… los podías separar en dos… quienes estaban agradecidos por un milagro concedido y los que buscaban el dichoso milagro. Cerraban las calles a 100 metros a la redonda y se hacía la vendimia. Un circo no podía reunir a tanta diversidad. Acudían de todo… sanos, enfermos, niños, ancianos, deformes, normales, gordos, esqueléticos… y todos con una fe que ya la hubiera querido el Papa.

-Buenos días Don Felipe. ¿Listo para los festejos?

-Buenos días vecina (en 10 años aún no se aprendía su nombre). No importa mucho si lo estoy. Siempre hacen lo que les antoja.

-No sea cascarrabias. Es el único que vota cada año para que no cerremos las calles. Debería pedirle a San Juditas que le quite esa amargura que viene arrastrando. Carmelita, en paz descanse, siempre participaba en los festejos. Estoy segura que le gustaría que usted también lo hiciera.

-Cualquier día me mudo y dejo de sufrir cada año lo mismo.

-Anímese. Mire, justo le iba a proponer que rentara una habitación de su casa para un matrimonio que viene de lejos. El es paralítico y les convendría quedarse en un sitio cerca de la Iglesia. Usted gana dinero y todos contentos. La mujer de él haría la limpieza, la comida y todo, usted no tendría qué preocuparse.

-¿Y por qué no renta usted su casa?

-Ya la renté, no tengo más espacio. No sea tonto, puede beneficiarse y ayudar.

-mmmmm y… ¿Usted los conoce? ¿Son gente de fiar?

-Siii, Los conozco, de toda la vida…

Felipe sabía que le mentía, pero qué podía perder además de la paz que de todas formas perdía esa semana anual. Aceptó y volvió a poner las rampas que había hecho cuando su mujer las necesitó en su etapa terminal.

El matrimonio resultó ser algo singular. El tipo era más viejo que él, y la mujer muy joven. Se notaba que él era rico en su tierra porque estaba acostumbrado a decir algo y en ese momento ella salía de donde fuera a obedecerlo de una manera sumisa y paciente. Cuando cenaban, el le contó que era inválido desde una accidente de joven. En una carrera de caballos, el suyo lo había lanzado lejos y desde entonces había perdido toda movilidad de la cintura para abajo. Al ser hijo único intentaron todo para sanarlo, y hasta la fecha, nada había funcionado. Con los padres muertos y la herencia en vilo al no tener herederos, se había casado con la joven que más le aguantara el mal genio, y alguien les sugirió que fueran a rezarle a San Judas y a ofrecerle algo en sacrificio.

-Si éste Judas no me ayuda, seguro nadie más podrá.

-Bueno, si la fe mueve montañas, no creo que no pueda mover unos espermas ¿No?

-No se burle, así me burlaba yo y mire la maldición que me cayó.

-Cada quien su vida… Bueno, me voy a dormir. Mi casa es su casa. Lo que necesiten lo toman y si hace falta algo me avisan. Nos vemos mañana.

Cuando terminaron las fiestas y la vida se normalizó, la vecina (Mercedes se llamaba y ahora ya no se le borraría su nombre) se encargó de contarle a quien quisiera escucharla que San Judas había vuelto a hacer milagros, pues Felipe (ya no era Don) ya era amigable con el vecindario, ya sonreía y silbaba. Y que el matrimonio ya estaba esperando heredero, y regresaban cada mes a agradecerle a San Juditas el milagro…. y por supuesto, se hospedaban con Felipe.

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