Cambios

Un texto de Nico Bonder

El matrimonio venía dando tumbos desde el nacimiento de la primera hija, las cosas tampoco mejoraron con la llegada de la segunda. No eran infelices, pero las peleas eran constantes, y el hilo que los unía estaba cada vez más tirante. Así que supusieron que aquella casa arbolada en la parte alta de un pueblo perdido en las sierras cordobesas podía ayudarlos a empezar de nuevo. De hecho, pensaron que la suerte cambiaba cuando escucharon el precio por el cual la vendían. Quisieron saber por qué estaban rematando tan barata, pero los de la inmobiliaria solo sabían que los anteriores dueños se la querían sacar de encima rápido, y que de hecho la habían deshabitado hacía meses. Cargaron el perro que habían adoptado hacía una año, los muebles, los recuerdos y las esperanzas en un camión de mudanzas y ellos viajaron en su camioneta.

El perro salió disparado de adentro del camión, recorrió la casa corriendo y se acostó debajo de un gran árbol. Las niñas se bajaron de la camioneta un poco adormecidas, pero comenzaron a gritar felices cuando vieron el tamaño del patio y la pileta.
La química entre ellos comenzó a fluir después de varios años. Ordenaron el patio, sacaron yuyos y árboles secos, quitaron escombros, y a pesar de lo pesado del trabajo se sentían felices trabajando en embellecer aquella casa que se notaba abandonada hacía mucho. El perro los miraba trabajar desde el árbol que había hecho propio. Las niñas recolectaban maderitas, o buscaban esos pequeños frutos rojos que caen de los arbustos para dárselos a sus muñecas como si fueran manzanas.
Y sin embargo el panorama idílico se cortaba cuando reinaba el silencio. Había algo en la casa que los hacía sentir asechados, percibían que había alguien más en la casa. Margarita, la menor de las hijas, le contó a la madre que a la noche escuchaba susurros, que alguien quería decirle algo pero ella no lo entendía. Los padres buscaron alguna explicación que pudiera tranquilizar a las nenas, pero ellos mismos habían escuchado los susurros. Por eso trataban de tapar los silencios escuchando música fuerte durante todo el día, pero debían apagarla a la hora de dormir y comenzaban a temerle a la noche, y aunque no quisieran, en algún momento debían escuchar el silencio y lo que viniera con él.

Y un día ya no pudieron seguir simulando que allí no pasaba nada. Margarita, no estaba en su cama cuando la fueron a buscar para desayunar, ni en ninguna otra parte de la casa. El perro los miraba acostado en el lugar de siempre, y veía la desesperación con que buscaban detrás de los demás árboles, en los pastos que todavía no habían cortado y entre los arbustos que rodeaban la casa. Ninguno de los vecinos la había visto ni nadie en el pueblo sabía nada. Hicieron la denuncia en la policía, los pocos funcionarios que había en el destacamento no se mostraron demasiados activos, pero se comprometieron a recorrer la zona en la patrulla y que avisarían en la secretaría de Personas Extraviadas de la Provincia, para que se formara un grupo de búsqueda. Tal vez, podían mandar personal para que rastrillaran el río que estaba a unos 700 metros de la casa. Ellos no le dijeron nada a los policías de los susurros, porque no les creerían, o tal vez los acusarían a ellos de estar en alguna secta, o algo así.
La pareja volvió a la casa tan desesperanzada como cuando salió. Trataban de mantener calmada a la niña más grande, que entendía la situación y aunque estaba triste, no hacía gran escándalo. La madre no quería perderla de vista ni un segundo, así que fue el padre quien salió al patio para llevarle agua y comida al perro, y fue allí cuando el horror se apoderó de él y lo hizo caer al suelo en un llanto espantoso. El animal tenía las patas y los dientes manchados con sangre, y al lado de su árbol la tierra removida delataba un nuevo pozo.

El hombre comprendió todo, el perro también podía escuchar los susurros, y sus instintos no podían ocultarse con la música que ellos usaban para tapar los demonios que allí vivían.

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